HACE TIEMPO PASÓ UN FORASTERO…

Hace tiempo pasó un

 

 

 

  Tenía once años cuando su padre lo sacó de la casa en vilo y le bajó los calzones para que los otros niños vieran que se lo había hecho encima.

      Él, paralizado en medio de la plaza, y su padre dando gritos con aquel aliento lleno de vino y caries,  riéndose de su pene de niño que levantaba con la vara fina como lápiz del dos.  Hasta que la vecina, Teresita la de Sarabia, llegó corriendo y lo abrazó con un manta.

      No sentía daño por los golpes solo un encogimiento que le subía desde el pecho . Ella le obligó a mirarla, entonces supo que tenía que correr para no ahogarse.

      En la puerta de la casa tenía su padre apoyada la bicicleta. Era grande y oxidada, con una barra que unía el sillín al manillar y que no le dejaba llegar bien al suelo. Descalzo y a trompicones empezó a dar a los pedales con el único pensamiento de sobrevivir.

 

 

 

      – No era la primera vez, ¿sabe? -. El sargento Aguado, de la guardia civil, mira sin mucho interés al campesino que habla. Este era un tipo de mediana edad, de cara quemada y reseca por el aire y el sol.  Estaban solos, de pie bajo el atrio de una casa de la plaza.

      – A veces faltaba a la escuela varios días seguidos -. Continúa. – Y después, cuando por fin entraba en la clase con la mirada baja y en silencio, todavía se le podían ver las marcas de la paliza. Era un secreto a voces. Pero entonces las cosas eran distintas, ya me entiende… Los trapos sucios se lavaban en casa y ¿quien no se había llevado algún que otro coscorrón de su padre? ¿Eh?.

      El sargento le mira pero no responde.

      – Los demás niños le observábamos de reojo, con pena , pero poco más podíamos hacer; celebrar que tu padre no fuera un mal nacido como aquel. <<Cuestión de suerte>> . Decía mi madre. Era pálido y delgaducho, ¡parecía estar enfermo siempre!… Recuerdo sobre todo sus ojos: Negros y hondos como el lecho de la presa, de esos que miran desde muy atrás, bueno no sé, ya me entiende…

      El sargento asiente sin mucha convicción y espera mientras el campesino ordena sus recuerdos.

      -Aquella mañana  no se movía ni una gota de aire. Caía un sol que te hacía hervir los sesos y sin embargo teníamos las carnes heladas por el miedo, como si cualquier cosa pudiera pasar. ¡Hay que joderse! Parece como si lo estuviera viendo: allí parado entre los gritos y ni una sola lágrima, ni una queja… de repente llegó la Teresita, se abrió paso a codazos entre todos y se enfrentó al cafre con los ojos llenos de odio.
¡Menuda era!  ¡Solo una niña y ya todo un carácter! De un tirón le arrancó la vara de las manos y la lanzó lejos de aquella mala bestia. Y él se quedó ahí parado, sin decir ni pío, viendo hacer a la muchacha desde su borrachera pastosa.-

      El campesino  mira al sargento para comprobar que lo ha entendido.

      – Continúe. – Ordena Aguado

      – Ella tapó al muchacho y le levantó la cara para mirarle bien a los ojos, que él no quería ¿sabe?, mirarla, me refiero, y ella con cuidado le obligó a que lo hiciera y yo no sé que fue lo que el chico debió ver en ella porque casi de seguido agarró la bicicleta delpadre y dando bandazos salió del pueblo por la comarcal.

Tres pueblos mas arriba, dejando atrás el cruce de la presa, había un convento y al parecer allí lo recogieron. Bueno, eso es lo que se dice, porque aquí nunca mas volvió.

 

 

      La silueta de la vieja presa tiembla como un fantasma por efecto del calor del mediodía. Nada se mueve sobre la tierra que se extiende a derecha e izquierda de la carretera frente a ella. Una camioneta llega despacio hasta el cruce y se detiene. El conductor para el motor. Se asoma por encima del volante y mira el cielo a través del parabrisas. Las nubes permanecen quietas. Una luz brillante comienza a teñir de plata las tierras, multiplicando, como en un espejo, el espacio que le rodea.

-       Ya es la hora. – Dice el hombre a media voz.

      Como si fuese una orden el paisaje empieza a cambiar: Aparecen y desaparecen nubes que se mueven, con rapidez y sin orden, en todas direcciones; los árboles se recogen en sí mismos, disminuyendo de tamaño hasta perderse en la tierra; ruedan las piedras uniéndose en formaciones que al instante se deshacen y cambian. Frente al hombre desfilan, siempre hacia atrás, primero coches y luego carros y animales. Un espacio de tiempo después, que es incapaz de calcular, todo se detiene en aquella mañana de hace treinta y nueve años.

      El hombre se apoya en el reposacabezas y fija la mirada a su izquierda, en el camino que lleva a su pueblo. Apenas un bulto a lo lejos que se acerca. Con un nudo en la garganta se observa a sí mismo encaramado en esa bicicleta medio oxidada hace cuarenta años. Los pies desnudos empujando los pedales.

      – Cuidado con la piedra. – Le dice a media voz aunque sabe que la esquivará en el último momento. El chico lo hace y continua avanzando. Como las otras veces se sorprende de que esa piel pálida, que ya ahora distingue mejor, se pueda haber convertido en el papel cetrino que le recubre hoy. A pesar de eso todavía puede reconocerse en el mechón cayéndole en la frente; en los ojos tristes y asustados con los que, aun, desconfía de las cosas,  y recuerda el dolor en sus manos  agarradas con fuerza al manillar y el miedo ácido que sentía en aquel momento. 

      – No te preocupes, no viene detrás de ti.-

      El muchacho, como si le hubiera oído, gira la cabeza por encima de su hombro y comprueba que nadie le sigue; ha llegado al cruce y está solo. Coge aire y vuelve a mirar hacía adelante. Un hilillo de sangre resbala por su mejilla. En ese momento, frente a él,  dentro de la camioneta, el hombre se pasa un dedo por la cicatriz que le dejó aquella herida. Apoya los antebrazos en el volante de la camioneta y acompaña al chico con la mirada hasta el punto donde, como siempre, desaparecerá al final de la presa.

      – Cuídate, ya no nos volveremos a ver. - Cierra los ojos y piensa en todo lo que ya no le tocará vivir: los años de silencios y estudios en el convento, después los trabajos de mala muerte, las mismas pensiones; los mismos bares y cuerpos extraños para intentar olvidar.

      – Y no olvidarás. - Susurra.

      Se retira con los dedos el mechón de los ojos y continúa.

      – Pero estoy aquí, no sé cómo ha ocurrido, y no importa. Quizás siempre estemos velando por nosotros mismos en cualquier cruce, desde otro tiempo y no lo sepamos; tal vez esto sea una oportunidad de cambiar de carretera y ya no tengas que volver nunca mas. Yo lo haré por nosotros.

      Gira la llave del contacto y enfila el camino de regreso a su pueblo.

 

 

      El campesino se sienta en el banco de piedra y se frota las manos contra los muslos.

      – No le importa que me siente ¿verdad?- Pregunta.

      El sargento de la guardia civil hace un gesto con la cabeza indicando que está bien.   

      – Lo que sigue es difícil de explicar.-

      – No se preocupe, inténtelo.- Aguado se dispone a esperar.

      – Bueno; todos estábamos pendientes del muchacho cuando el cafre ese, al ver que su hijo se escapaba, con un alarido de rabia se abalanzó sobre  la Teresita y comenzó a golpearla. Entonces, sin saber de dónde, apareció aquel hombre.- El campesino se queda en silencio con la mirada perdida en la plaza. 

      -¿No lo había visto antes?- Le pregunta Aguado

      – No. Quizá…. Yo diría que había algo en él que me resultaba familiar pero no sabría decirle. Era alto, con buen aspecto, no vestía como la gente de aquí, de entonces quiero decir. Llevaba un traje algo gastado.- El campesino mira al sargento y sonríe. –Un traje mas como los de ahora, ya me entiende…    

      -Continúe.- Dice el sargento sin hacer caso de la intención.

      El campesino vuelve a sus recuerdos.

      – Todo sucedió muy rápido. El hombre agarró un madero del suelo, se acercó por la espalda a aquel animal que se estaba cebando con la muchacha y sin mediar palabra le golpeo con toda su fuerza al cafre en la cabeza. Fue un golpe seco seguido de un crujido. Mire que han pasado años y ese ruido no se me va de aquí dentro.- Asegura golpeándose la frente.  – Con la cabeza abierta cayó de rodillas, los brazos como muertos pegados al cuerpo, todavía sin saber qué demonios había pasado.  El hombre, con el madero arrastrando, se puso frente a él y le miró; se apartó un mechón de pelo que le cubría los ojos… y se le quedó mirando.- después de una pausa. – ¿Sabe? Puede que fueran los ojos los que me recordaban a alguien. Si, tal vez fueran esos ojos….-

      El campesino suspira y asiente con la cabeza en silencio. Después continúa con su relato.

      – El cafre ya estaba muerto pero todavía levantó la cabeza. Al verle ahí, de pie frente a él, abrió su boca y le susurró algo y en ese momento fue cuando el hombre, sujetando el madero con las dos manos, giró el cuerpo para coger impulso y con un grito sordo le reventó la sesera.-

      Los dos hombres miran la plaza como si todo acabará de ocurrir delante de ellos.

      – Después el hombre se acercó a la Teresita; le acarició la mejilla, y le dio las gracias. Luego desapareció igual que había llegado.

      El sargento se sienta en el banco junto al campesino.

      – ¿Pero por qué le dio las gracias? ¿Es que el hombre estaba antes ahí?-

      – No. Y eso es lo curioso de todo esto- dice clavando sus ojos en Aguado. -Yo le puedo asegurar que no estaba.

      Los dos hombres permanecen en silencio reconstruyendo, juntos, la escena.

      – Lo que sigue no es difícil de imaginar; los hombres del pueblo recogieron el amasijo de sangre muerto que quedaba de aquel bestia y se deshicieron de él.-

      – ¿Y No avisaron al cuartelillo?-  pregunta el sargento con media sonrisa.

      El campesino saca un paquete de tabaco arrugado y le ofrece un cigarro –Usted es de por aquí ¿verdad?

      – Si.- Contesta el sargento mientras coge un pitillo. – De Cantaelagua.

      – ¡Ah! En ese caso, ya sabrá que los trapos sucios, sobre todo los muy sucios, se deben de lavar en casa-  El campesino le da fuego. – Nadie iba a echar de menos a aquel mal nacido y las cosas, a fuerza de no hablarlas, llegan a no haber ocurrido nunca.-   Después, enciende su cigarrillo.

 

 

      El hombre se monta en su camioneta y contempla por el retrovisor el pueblo al que nunca mas tendrá que volver.

      – Ya está hecho.- Piensa mientras espera, con todos los sentidos alertas, que el alivio que tanto había soñado fuera creciendo en él. Incómodo, lo busca en todos los rincones de su cuerpo pero es vano. Una descarga de malestar le recorre el cerebro. Se remueve en el asiento. Baja la ventanilla de la camioneta e intenta robar un poco de oxígeno al aire. De golpe la imagen de su padre se cuela en su cabeza: Arrodillado frente a él, los ojos nublados de desprecio, la boca abierta, torcida en una mueca que escupe la última sentencia. “-¿Y ahora qué?…” Le deslizó como un veneno antes de morir. La pregunta le golpea una y otra vez en su mente. El hombre, se echa las manos a la cabeza ante la revelación y llora horrorizado encima del volante.

      La luz plateada cubre la camioneta. A su alrededor el paisaje avanza a cámara rápida el tiempo que antes había retrocedido.

      Cuando el hombre abre los ojos vuelve a estar en el cruce. Todo ha recobrado la apariencia anterior. La silueta de la antigua presa se yergue frente a él como un presagio. Permanece inmóvil dentro de la camioneta mirándola a través del parabrisas: Sólo restos de un muro grueso de piedra, seco e inservible.

- No podemos escapar del pasado y allí estará siempre el presente y el futuro.

Si, y ahora ¿qué?… Han sido demasiados años protegiendo el odio y ya no tengo ninguna razón para continuar.

El viento cálido mueve las copas de los árboles. Unas hojas se dirigen, suspendidas en una corriente, despacio hacia la presa. El hombre arranca la camioneta.

No mires hacia atrás –dice en voz alta, como si desde algún sitio, todavía en el mismo tiempo, el niño que fue pudiera oírle.  -Solo hay una carretera que lleva al pasado y yo la he borrado. Busca otras razones, delante de ti, siempre delante.

     Se agarra al volante con fuerza y  pisa el acelerador a fondo. El edificio crece rápido frente a él.

       – No sé que habrá después. Tal vez nada. ¡Mejor!- piensa mientras rodeado de  hojas, cae al vacío.

       

 

 

      El sargento Aguado se levanta y apaga el cigarrillo con su bota.

      – ¿Y cuándo dice usted que lo han encontrado?- Pregunta el campesino.

      – Hará unas cuatro horas, en el fondo de la presa, pero suponemos que el accidente debió de ocurrir unas horas antes. Se queda unos momentos en silencio y finalmente añade: Hay algo más: Junto al cuerpo, dentro de la camioneta, encontramos un madero con restos de sangre.-

      El campesino exhala el humo de su cigarro y asiente en silencio. Después mientras deshace la colilla entre sus dedos, le pregunta:

- Sargento, ¿qué va a decir en su informe?

      Aguado recorre con la mirada la plaza vacía y responde:

      – Que hace mucho tiempo pasó por aquí un forastero.

      Y sin mirar hacia atrás atraviesa con paso firme la plaza.