El ARADO

 

“El ”. Ese invento que nos trastocó la vida….

 

Estamos en el Neolítico final. Nos hemos saltado el Neolítico Medio y el Paleolítico completo  porque  pesar de ser este último la etapa más larga de la prehistoria parece que no se tienen datos fiables sobre él.

Hasta ese momento los estudios teorizan con que los hombres se dedicaban básicamente a la caza, las mujeres a la recolección y las vacas al engorde como futuro bolo alimenticio. Esta repartición de tareas conllevaba un “equilibrio de poder” entre hombres y mujeres que  trabajaban con un mismo fin: cooperar en amor y concordia para su supervivencia. Podemos deducir que el hombre y la mujer se acostaban en la misma cama y que la vaca dormía en el pesebre en una existencia corta pero feliz

Sin embargo estamos a las puertas de que se produzca uno de los cambios más importantes en la historia de la humanidad, y no se molesten en pensar como yo, en las primeras manifestaciones de arte Rupestre o la invención de la rueda; incluso si me apuran, aquel visionario que se comió un percebe por primera vez ¡No! “La transformación fundamental” que sentará las bases de la diferenciación entre hombres y mujeres sobre el que continua basado la sociedad actual es… ¡un arado! ¡Ni más cojones!…

Veamos esto con mayor detenimiento…

Como señala Almudena Hernando en el capítulo “Agricultoras y campesinas en las primeras sociedades productoras” de la enciclopedia “Historia de las mujeres en España y América Latina” , el arado permitirá “..cultivar suelos de poca calidad, colonizar nuevas tierras, expandir el poblamíento… la introducción del buey, el caballo… y la domesticación de animales para fines productivos específicos como la leche y la lana”[1]. Y este es el punto de inflexión, porque a pesar de que la mujer no hubiera debido verse afectada por estos cambios, su participación en las anteriores labores va a descender aumentando en las domésticas. Por lo tanto ahí tenemos a la “abuela Elvira” que de recolectar por los campos pasa a “campar” por los inhóspitos territorios domésticos, donde se encargará básicamente de estrujar la teta de la vaca y de la cabra, así como la prole en aumento “estrujará” la suya.

Hay otro punto de enfoque derivado del anterior que en mi opinión es  determinante y que está relacionado con la . Hasta ahora hombres y mujeres se sienten iguales,  “son” en relación con el grupo; es decir su es relacional: ¿Y tu de quién eres?, la hija de… el padre de… La , por tanto, se basaba en las semejanzas del individuo con el grupo, no en las diferencias. El grupo y su seguridad era lo único que importaba.

Sin embargo junto con el nuevo artilugio aparece también lo que yo llamo “la patochada campestre” que consiste en que el hombre se empieza a medir lo suyo porque se da cuenta de que lo tiene: mi arado es más grande que el tuyo… Yo empujo más fuerte mi arado que tu… tengo un buey que tira de mi arado y tu no, etc. Es decir: el hombre empieza a singularizarse y esto implica  deseos de poder.

El poder, ya desde la prehistoria, tiene la particularidad de ser insaciable, así que nuestro hombre se da cuenta de que cuantas más tierras posea mayor será la diferencia con los otros y sobre  todo mayor será su posición de poder en el grupo. Y así el concepto de seguridad cambia. “…la seguridad ahora surge a partir de la propia capacidad de generar recursos que la naturaleza no daba …de transformar paisajes que hasta entonces eran sagrados y de dominar a otros.” [2]

 

En este punto, el hombre ya no es en cuanto al grupo sino que se ha individualizado en un “aquel” que tiene un arado y una tierra; tiene un buey, dos vacas, tres ovejas, doce hijos y una mujer; por este orden. Estamos por tanto en los inicios del sistema patriarcal en el que: “…los hombres comenzaban a individualizarse y esto significa que empezaban a establecer distancias emocionales con los seres humanos”[3].

 

Siempre he pensado que tras la animalada del machismo  debía de existir un motivo de peso en su origen y me encuentro que el único peso aparente es el de ese artilugio con forma de “i” griega desmayada. Y me pregunto ¿cómo este aparato pudo individualizar a unos pero no a otras? Es evidente que la repartición de tareas entre sexos estaba determinada por los aspectos de la fuerza física y la maternidad, es evidente sí, pero según la opinión de Almudena Hernando, y con la cual estoy absolutamente de acuerdo, este sistema patriarcal que permanece al día de hoy no hubiera sido posible si la mujer, ante esta individualización masculina, hubiera cambiado también su forma de construir su propia identidad; sin embargo y al parecer, mi querida abuela Elvira siguió construyendo su definición en relación a los parentescos. Es decir que las mujeres se unen a otras mujeres para definirse como grupo de género y el hombre refuerza su identidad con iguales en su forma de individualización.

¿Somos las mujeres por tanto culpables del sistema patriarcal que se ha perpetuado hasta nuestros días? No, culpables no. Pero  debemos admitir la parte de responsabilidad que nos corresponde en nuestra propia situación. Y pueden creerme, sé de lo que estoy hablando. Hasta hace muy poco tiempo he estado muy enfadada con  mi línea femenina; culpaba a mis mujeres del mensaje transmitido en mis recovecos de ADN, mensaje de renuncia y sumisión contra el que llevo luchando toda mi existencia. Sin embargo desde hace unos años estoy tratando de averiguar mis porqués y al día de hoy y gracias a este proceso soy capaz de ver que la única forma de avanzar como mujer es honrar este mensaje, entender lo positivo que hay implícito en él y aceptarlo cómo parte de mi identidad. Es una forma definitoria de la mujer que ya pertenece a un pasado; mi futuro se construye sentando las bases desde ahí, nunca peleando contra el pasado. La identidad de mi abuela del neolítico era relacional, la mía es individualista y eso me ha llevado a romper con mis parentescos casi en su totalidad. Esta bien, entiendo la dificultad de esta elección y acepto, sin pretender cambiar, la asunción de este mensaje por parte de los otros miembros femeninos. Me quedo con las semejanzas y aparco esas diferencias en el trastero, no las tiro, las almaceno y desde la puerta las contemplo llenándose de polvo como un abrigo viejo que ya no me sirve pero del que no me quiero deshacer porque hace mucho tiempo formo parte de mi tiempo y espacio.

 

 

 



[1] QUEROL, Mª Ángeles.; MARTÍNEZ, Cándida.; MIRÓN, Dolores.; PASTOR, Reyna.; LAVRIN, Asunción. Historia de las mujeres en España y América Latina. De la Prehistoria a la Edad Media. 1ºvolCátedra, 1ª ed., 2005.

 

[2] Ibíd pag 100

[3] Ibíd pag 100