LA DIGNIDAD DE CLARA CAMPOAMOR

 

                       LA DE .

 

Clara Campoamor es la mujer que consiguió que en este país las mujeres pudiéramos votar. Comienza a trabajar fuera de casa cuando tiene veinte y un años. A los treinta y dos  retoma sus estudios y se licencia en derecho; abre su propio despacho y desde los tribunales concentra todo su esfuerzo en devolver a las  mujeres la dignidad de la que han sido privadas. Esta lucha es la que le lleva hasta el parlamento, le coloca en contra de la mayoría de los miembros de su partido y le obliga a hacer frente a las distintas estrategias políticas que día tras otro, procuran derribarla. Sus enemigos y sus correligionarios fracasaron en todos sus intentos, y fue así porque no se dieron cuenta de la envergadura de aquello contra lo que luchaban: la propia Clara Campoamor. En una secuencia de la película aparece un titular en un periódico que reza: “el humanismo de Clara Campoamor” en relación a unas declaraciones suyas en las que dice no se considera feminista sino humanista.  Todas las referencias respecto al término humanismo que he encontrado hacen hincapié en la dignidad del ser humano, en su libertad y en la responsabilidad que tiene frente a la historia. Y en verdad estas tres cualidades son las bases en las que se asienta su manera de hacer política

En la secuencia de la discusión final sobre el derecho a voto de la mujer, frente a una cámara en su mayoría en contra, la Campoamor abandona los argumentos políticos y revela a sus señorías la imagen que se niegan a ver de si mismos: la de la falta de dignidad -no os engañéis, esto es lo que sois y así os recordaran- viene a decirles. No es una imagen agradable. Al anteponer la utilidad del voto y los intereses partidistas a lo que la mujer, como ser humano, es merecedora, sus señorías dan una patada a todos los valores de los que se supone hacen gala. Y la denuncia la hace una sola mujer que fue reclamada para la política por su sentido de la justicia, por el honesto ejercicio de la libertad del que siempre dio muestras, por la coherencia de sus actos y por el esfuerzo en la consecución de unos derechos iguales para todos.  Curiosa paradoja: la dignidad le hizo llegar a la política y por esa misma dignidad, le fue dada la espalda.

 Clara Campoamor también se hizo responsable de sus actos frente al tiempo. Entregó muchos años de su vida a una causa con una visón de futuro que al parecer muy pocos compartían. Sabía que todos estos hechos harían historia y que algún día nadie pondría en tela de juicio el derecho a voto de todos. Y sin embargo a ella, que llevo ese humanismo a la práctica hasta sus últimas consecuencias no se le ha dado el sitio en la memoria que en justicia le corresponde, y por lo tanto le estamos quitando el merito y la responsabilidad histórica de ese derecho del que hoy gozamos como si fuera algo nacido por ciencia infusa. ¿Por qué no se estudia su figura y su obra en las escuelas?,¿No será que sigue siendo demasiado “digna” también en los tiempos que corren? Han pasado ya algunos meses desde que terminó el rodaje de la película, y me pregunto si el pisotón y el puñetazo no comenzarán también con la manipulación de la memoria. 

HACE TIEMPO PASÓ UN FORASTERO…

Hace tiempo pasó un

 

 

 

  Tenía once años cuando su padre lo sacó de la casa en vilo y le bajó los calzones para que los otros niños vieran que se lo había hecho encima.

      Él, paralizado en medio de la plaza, y su padre dando gritos con aquel aliento lleno de vino y caries,  riéndose de su pene de niño que levantaba con la vara fina como lápiz del dos.  Hasta que la vecina, Teresita la de Sarabia, llegó corriendo y lo abrazó con un manta.

      No sentía daño por los golpes solo un encogimiento que le subía desde el pecho . Ella le obligó a mirarla, entonces supo que tenía que correr para no ahogarse.

      En la puerta de la casa tenía su padre apoyada la bicicleta. Era grande y oxidada, con una barra que unía el sillín al manillar y que no le dejaba llegar bien al suelo. Descalzo y a trompicones empezó a dar a los pedales con el único pensamiento de sobrevivir.

 

 

 

      – No era la primera vez, ¿sabe? -. El sargento Aguado, de la guardia civil, mira sin mucho interés al campesino que habla. Este era un tipo de mediana edad, de cara quemada y reseca por el aire y el sol.  Estaban solos, de pie bajo el atrio de una casa de la plaza.

      – A veces faltaba a la escuela varios días seguidos -. Continúa. – Y después, cuando por fin entraba en la clase con la mirada baja y en silencio, todavía se le podían ver las marcas de la paliza. Era un secreto a voces. Pero entonces las cosas eran distintas, ya me entiende… Los trapos sucios se lavaban en casa y ¿quien no se había llevado algún que otro coscorrón de su padre? ¿Eh?.

      El sargento le mira pero no responde.

      – Los demás niños le observábamos de reojo, con pena , pero poco más podíamos hacer; celebrar que tu padre no fuera un mal nacido como aquel. <<Cuestión de suerte>> . Decía mi madre. Era pálido y delgaducho, ¡parecía estar enfermo siempre!… Recuerdo sobre todo sus ojos: Negros y hondos como el lecho de la presa, de esos que miran desde muy atrás, bueno no sé, ya me entiende…

      El sargento asiente sin mucha convicción y espera mientras el campesino ordena sus recuerdos.

      -Aquella mañana  no se movía ni una gota de aire. Caía un sol que te hacía hervir los sesos y sin embargo teníamos las carnes heladas por el miedo, como si cualquier cosa pudiera pasar. ¡Hay que joderse! Parece como si lo estuviera viendo: allí parado entre los gritos y ni una sola lágrima, ni una queja… de repente llegó la Teresita, se abrió paso a codazos entre todos y se enfrentó al cafre con los ojos llenos de odio.
¡Menuda era!  ¡Solo una niña y ya todo un carácter! De un tirón le arrancó la vara de las manos y la lanzó lejos de aquella mala bestia. Y él se quedó ahí parado, sin decir ni pío, viendo hacer a la muchacha desde su borrachera pastosa.-

      El campesino  mira al sargento para comprobar que lo ha entendido.

      – Continúe. – Ordena Aguado

      – Ella tapó al muchacho y le levantó la cara para mirarle bien a los ojos, que él no quería ¿sabe?, mirarla, me refiero, y ella con cuidado le obligó a que lo hiciera y yo no sé que fue lo que el chico debió ver en ella porque casi de seguido agarró la bicicleta delpadre y dando bandazos salió del pueblo por la comarcal.

Tres pueblos mas arriba, dejando atrás el cruce de la presa, había un convento y al parecer allí lo recogieron. Bueno, eso es lo que se dice, porque aquí nunca mas volvió.

 

 

      La silueta de la vieja presa tiembla como un fantasma por efecto del calor del mediodía. Nada se mueve sobre la tierra que se extiende a derecha e izquierda de la carretera frente a ella. Una camioneta llega despacio hasta el cruce y se detiene. El conductor para el motor. Se asoma por encima del volante y mira el cielo a través del parabrisas. Las nubes permanecen quietas. Una luz brillante comienza a teñir de plata las tierras, multiplicando, como en un espejo, el espacio que le rodea.

-       Ya es la hora. – Dice el hombre a media voz.

      Como si fuese una orden el paisaje empieza a cambiar: Aparecen y desaparecen nubes que se mueven, con rapidez y sin orden, en todas direcciones; los árboles se recogen en sí mismos, disminuyendo de tamaño hasta perderse en la tierra; ruedan las piedras uniéndose en formaciones que al instante se deshacen y cambian. Frente al hombre desfilan, siempre hacia atrás, primero coches y luego carros y animales. Un espacio de tiempo después, que es incapaz de calcular, todo se detiene en aquella mañana de hace treinta y nueve años.

      El hombre se apoya en el reposacabezas y fija la mirada a su izquierda, en el camino que lleva a su pueblo. Apenas un bulto a lo lejos que se acerca. Con un nudo en la garganta se observa a sí mismo encaramado en esa bicicleta medio oxidada hace cuarenta años. Los pies desnudos empujando los pedales.

      – Cuidado con la piedra. – Le dice a media voz aunque sabe que la esquivará en el último momento. El chico lo hace y continua avanzando. Como las otras veces se sorprende de que esa piel pálida, que ya ahora distingue mejor, se pueda haber convertido en el papel cetrino que le recubre hoy. A pesar de eso todavía puede reconocerse en el mechón cayéndole en la frente; en los ojos tristes y asustados con los que, aun, desconfía de las cosas,  y recuerda el dolor en sus manos  agarradas con fuerza al manillar y el miedo ácido que sentía en aquel momento. 

      – No te preocupes, no viene detrás de ti.-

      El muchacho, como si le hubiera oído, gira la cabeza por encima de su hombro y comprueba que nadie le sigue; ha llegado al cruce y está solo. Coge aire y vuelve a mirar hacía adelante. Un hilillo de sangre resbala por su mejilla. En ese momento, frente a él,  dentro de la camioneta, el hombre se pasa un dedo por la cicatriz que le dejó aquella herida. Apoya los antebrazos en el volante de la camioneta y acompaña al chico con la mirada hasta el punto donde, como siempre, desaparecerá al final de la presa.

      – Cuídate, ya no nos volveremos a ver. - Cierra los ojos y piensa en todo lo que ya no le tocará vivir: los años de silencios y estudios en el convento, después los trabajos de mala muerte, las mismas pensiones; los mismos bares y cuerpos extraños para intentar olvidar.

      – Y no olvidarás. - Susurra.

      Se retira con los dedos el mechón de los ojos y continúa.

      – Pero estoy aquí, no sé cómo ha ocurrido, y no importa. Quizás siempre estemos velando por nosotros mismos en cualquier cruce, desde otro tiempo y no lo sepamos; tal vez esto sea una oportunidad de cambiar de carretera y ya no tengas que volver nunca mas. Yo lo haré por nosotros.

      Gira la llave del contacto y enfila el camino de regreso a su pueblo.

 

 

      El campesino se sienta en el banco de piedra y se frota las manos contra los muslos.

      – No le importa que me siente ¿verdad?- Pregunta.

      El sargento de la guardia civil hace un gesto con la cabeza indicando que está bien.   

      – Lo que sigue es difícil de explicar.-

      – No se preocupe, inténtelo.- Aguado se dispone a esperar.

      – Bueno; todos estábamos pendientes del muchacho cuando el cafre ese, al ver que su hijo se escapaba, con un alarido de rabia se abalanzó sobre  la Teresita y comenzó a golpearla. Entonces, sin saber de dónde, apareció aquel hombre.- El campesino se queda en silencio con la mirada perdida en la plaza. 

      -¿No lo había visto antes?- Le pregunta Aguado

      – No. Quizá…. Yo diría que había algo en él que me resultaba familiar pero no sabría decirle. Era alto, con buen aspecto, no vestía como la gente de aquí, de entonces quiero decir. Llevaba un traje algo gastado.- El campesino mira al sargento y sonríe. –Un traje mas como los de ahora, ya me entiende…    

      -Continúe.- Dice el sargento sin hacer caso de la intención.

      El campesino vuelve a sus recuerdos.

      – Todo sucedió muy rápido. El hombre agarró un madero del suelo, se acercó por la espalda a aquel animal que se estaba cebando con la muchacha y sin mediar palabra le golpeo con toda su fuerza al cafre en la cabeza. Fue un golpe seco seguido de un crujido. Mire que han pasado años y ese ruido no se me va de aquí dentro.- Asegura golpeándose la frente.  – Con la cabeza abierta cayó de rodillas, los brazos como muertos pegados al cuerpo, todavía sin saber qué demonios había pasado.  El hombre, con el madero arrastrando, se puso frente a él y le miró; se apartó un mechón de pelo que le cubría los ojos… y se le quedó mirando.- después de una pausa. – ¿Sabe? Puede que fueran los ojos los que me recordaban a alguien. Si, tal vez fueran esos ojos….-

      El campesino suspira y asiente con la cabeza en silencio. Después continúa con su relato.

      – El cafre ya estaba muerto pero todavía levantó la cabeza. Al verle ahí, de pie frente a él, abrió su boca y le susurró algo y en ese momento fue cuando el hombre, sujetando el madero con las dos manos, giró el cuerpo para coger impulso y con un grito sordo le reventó la sesera.-

      Los dos hombres miran la plaza como si todo acabará de ocurrir delante de ellos.

      – Después el hombre se acercó a la Teresita; le acarició la mejilla, y le dio las gracias. Luego desapareció igual que había llegado.

      El sargento se sienta en el banco junto al campesino.

      – ¿Pero por qué le dio las gracias? ¿Es que el hombre estaba antes ahí?-

      – No. Y eso es lo curioso de todo esto- dice clavando sus ojos en Aguado. -Yo le puedo asegurar que no estaba.

      Los dos hombres permanecen en silencio reconstruyendo, juntos, la escena.

      – Lo que sigue no es difícil de imaginar; los hombres del pueblo recogieron el amasijo de sangre muerto que quedaba de aquel bestia y se deshicieron de él.-

      – ¿Y No avisaron al cuartelillo?-  pregunta el sargento con media sonrisa.

      El campesino saca un paquete de tabaco arrugado y le ofrece un cigarro –Usted es de por aquí ¿verdad?

      – Si.- Contesta el sargento mientras coge un pitillo. – De Cantaelagua.

      – ¡Ah! En ese caso, ya sabrá que los trapos sucios, sobre todo los muy sucios, se deben de lavar en casa-  El campesino le da fuego. – Nadie iba a echar de menos a aquel mal nacido y las cosas, a fuerza de no hablarlas, llegan a no haber ocurrido nunca.-   Después, enciende su cigarrillo.

 

 

      El hombre se monta en su camioneta y contempla por el retrovisor el pueblo al que nunca mas tendrá que volver.

      – Ya está hecho.- Piensa mientras espera, con todos los sentidos alertas, que el alivio que tanto había soñado fuera creciendo en él. Incómodo, lo busca en todos los rincones de su cuerpo pero es vano. Una descarga de malestar le recorre el cerebro. Se remueve en el asiento. Baja la ventanilla de la camioneta e intenta robar un poco de oxígeno al aire. De golpe la imagen de su padre se cuela en su cabeza: Arrodillado frente a él, los ojos nublados de desprecio, la boca abierta, torcida en una mueca que escupe la última sentencia. “-¿Y ahora qué?…” Le deslizó como un veneno antes de morir. La pregunta le golpea una y otra vez en su mente. El hombre, se echa las manos a la cabeza ante la revelación y llora horrorizado encima del volante.

      La luz plateada cubre la camioneta. A su alrededor el paisaje avanza a cámara rápida el tiempo que antes había retrocedido.

      Cuando el hombre abre los ojos vuelve a estar en el cruce. Todo ha recobrado la apariencia anterior. La silueta de la antigua presa se yergue frente a él como un presagio. Permanece inmóvil dentro de la camioneta mirándola a través del parabrisas: Sólo restos de un muro grueso de piedra, seco e inservible.

- No podemos escapar del pasado y allí estará siempre el presente y el futuro.

Si, y ahora ¿qué?… Han sido demasiados años protegiendo el odio y ya no tengo ninguna razón para continuar.

El viento cálido mueve las copas de los árboles. Unas hojas se dirigen, suspendidas en una corriente, despacio hacia la presa. El hombre arranca la camioneta.

No mires hacia atrás –dice en voz alta, como si desde algún sitio, todavía en el mismo tiempo, el niño que fue pudiera oírle.  -Solo hay una carretera que lleva al pasado y yo la he borrado. Busca otras razones, delante de ti, siempre delante.

     Se agarra al volante con fuerza y  pisa el acelerador a fondo. El edificio crece rápido frente a él.

       – No sé que habrá después. Tal vez nada. ¡Mejor!- piensa mientras rodeado de  hojas, cae al vacío.

       

 

 

      El sargento Aguado se levanta y apaga el cigarrillo con su bota.

      – ¿Y cuándo dice usted que lo han encontrado?- Pregunta el campesino.

      – Hará unas cuatro horas, en el fondo de la presa, pero suponemos que el accidente debió de ocurrir unas horas antes. Se queda unos momentos en silencio y finalmente añade: Hay algo más: Junto al cuerpo, dentro de la camioneta, encontramos un madero con restos de sangre.-

      El campesino exhala el humo de su cigarro y asiente en silencio. Después mientras deshace la colilla entre sus dedos, le pregunta:

- Sargento, ¿qué va a decir en su informe?

      Aguado recorre con la mirada la plaza vacía y responde:

      – Que hace mucho tiempo pasó por aquí un forastero.

      Y sin mirar hacia atrás atraviesa con paso firme la plaza.

 

 

 

                                                                                                                                              

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                             

EL LIMBO

Ayer, entre ruidos de tazas de café, escuché que el 22 de Abril del 2007 el limbo había desaparecido de la teología católica. Así, como si nada. Y este comentario realizado sin mayor relevancia me ha producido un revoltijo en el cajón de los sostenes. Hombre, partiendo de la base que su origen se remonta a las elucubraciones de los teólogos, allá por el siglo XII, no está mal. Por lo visto aquellos buenos hombres andaban un poco perdidos y no sabían donde ubicar a los que, cuando estiraban la pata no iban ni al cielo ni al infierno, y claro, tiraron por la vía del medio, ¡literal, hala, al medio! Pero el problema gordo no eran los adultos, que ya se sabe que todos tenemos un pasado al que poder hacer culpable a la hora de ir al cielo o al infierno, el problema eran los niños. Los pobres tenían que esperar a que la madre iglesia los ubicara, y como a los lumbreras de las faldas no se les ocurrió nada plausible para solucionarlo inventaron el limbo.

…..”Es muy probable que estos niños no vayan directamente al cielo al morir, sino que deberán pasar un tiempo más o menos largo en un estado intermedio de espera hasta que sean salvados”, (Está copiado de un artículo, escrito por alguien que se dedica a “predicar” a personas con necesidad de creer en algo, en algún sitio), y se quedan tan a gusto soltando semejante barbaridad.. Naces, no creces, te mueres y encima te jodes en un apeadero de mierda esperando la llegada del siguiente tren hasta que seas salvado. Cuando yo era niña, y tenía poco pasado del que arrepentirme, recuerdo que uno de mis mayores miedos era el jodido limbo. Me imaginaba un sitio frío, en el que no se veía más allá de las narices de la niebla que había y en el que yo llamaba continuamente a alguien sabiendo que estaba sola. Y eso que en aquel tiempo desconocía que la duración en tan lúgubre estancia dependía del número de personas que tuvieran a bien elevar sus rezos al altísimo: a mayor cantidad de plegarias, más papeletas tenías para el sorteo de un piso en el cielo… Entonces, en un barrio humilde y proletario de Valladolid, donde los pisos no eran exactamente las mansiones celestiales prometidas, el colegio al que yo asistía estaba ordenado por monjas que amenazaban con todo tipo de males. Ante ese destino que se cernía entre los parabienes del cielo y el fuego del infierno, el pecado de la indecisión estaba castigado en mi cabeza con una eternidad domiciliada en el limbo. Poco importaba que estuviera bien bautizada. No podía decidirme; me encontraba en el cadalso y el verdugo me apremiaba: -¿cielo o infierno?. – Mira niña, que te vas al limbo- Pero no había forma, la indecisión me bloqueaba; por más que quisiera no podía creer, y en aquel tiempo eso se castigaba. Hoy, que ya soy adulta, de la infancia me ha quedado el sentimiento de culpa y una imposibilidad manifiesta a tomar una decisión. No creo en el cielo, tampoco en el infierno y en el limbo dejé de pensar.

Pero cuando he escuchado la noticia de su desaparición he recordado mi miedo, y al leer ese exabrupto con olor y sabor a mala hostia que daban como alivio ante la incomprensión de una muerte infantil, y pensar en la ligereza con la que manejan sus dogmas, no puedo dejar de revolverme y gritar: ¡no tenéis vergüenza! Deseo con todas mis fuerzas vivir lo suficiente para contemplar, con un pitillo entre los dientes, la caída de los muros de la iglesia. Sueño con el día que devuelvan todos los tesoros expoliados a la gente a golpe de amenazas de perpetuos sufrimientos. Reivindico esa educación para todos que nos permita reflexionar sobre la existencia sin mentiras. Puede que hasta entonces pasen otros doce siglos; no me hago una idea del sistema que imperará en ese momento; no sé que tipo de sociedad reinará ni en lo que creerán, pero de lo que estoy segura es de que ese día llegará y cuando llegue, el universo se abrirá en una antigua, larga y eterna carcajada.

¿Qué necesidad tenemos…

… de escribir en un blog?

Sigo dándole vueltas a este asunto. Me imagino que la respuesta inmediata sería que lo que de verdad nos urge es comunicarnos. Bien, de entrada ya estoy cometiendo un error que puede predisponer de forma negativa, y es que estoy generalizando, por tanto el enunciado debería ser: escribo en un blog para comunicarme. Porque vaya a saber usted si los otros quieren comunicarse o dejar de hacerlo, con su padre por ejemplo.. (Me viene a la cabeza un ejercicio de interpretación que todos aquellos actores en su época de estudio habrán sufrido en sus propias sinapsis, que es donde se padecen estas prácticas, y que es merecedor de un capítulo bloggero en sí mismo: “Matar al padre”. ¡Como para hablarnos de comunicación paternofilial!

De siempre he estudiado que en la comunicación son necesarios los tres agentes, el emisor, el mensaje que se quiere transmitir, ( en relación con la interpretación hay numerosos ejemplos de que el concepto “mensaje” a veces resulta algo difícil de asimilar), y el receptor. En estos días, en mi inmersión tardía en el mundo de la informática, he observado que en la mayoría de los blogs que he visitado la presencia de ese receptor es inherente al propio blog. Parece lógico, pienso. Pero ¿qué ocurre por tanto con esas personas que, como yo, escriben sin la idea clara de un receptor? Lanzar pensamientos, con mayor o menor gracia, a estos espacios, con mayor o menor cabida, no tiene porque suponer que haya nadie que los lea, digo yo con mayor o menor acierto. Entonces volviendo al principio, ¿qué lleva a una mujer como yo, con canas en todas las partes posibles de tenerlas, a escribir sus innecesarias reflexiones aquí? La unica respuesta cuerda es que por encima de todo, innato al ser humano, está la necesidad de narrarse. Es curioso que este verbo en la forma reflexiva no este recogido en el diccionario de la Real Academia Española, (RAE), y retorciendo la cuerda un poco más, parece sospechoso que sea en esta forma precisamente como no aparece. Aclaro el mensaje: se podría deducir entonces que la Academia Española de la Real lengua, (AER), no permite que uno reflexione sobre sí mismo. ¡Manda huevos! Si a los pobres del mundo que tenemos los recuerdos implícitos y explícitos haciendo solitarios se nos niega la posibilidad de lanzar al mundo del hiperespacio nuestras cagarrutas existenciales con la intención de poner sentido y literatura a el desaguisado que es nuestra memoria, y bajo el término preciso que define este acto, señores… ¡estamos jodidos! La lengua está en continua evolución, y el ser humano cada vez tiene mayor necesidad de ordenar su existencia.

La Española lengua de la Real Academia, (ERA), debería entonces aceptar el hecho de que necesitamos conjugarnos y así poder narrarnos a los demás y a nosotros mismos. Así que algo no funciona, o la Real Española de lengua Académica, (REA), admite la forma reflexiva del verbo narrar, o los blogs y los blogeros están proscritos de sus insignes páginas, las de la ARE, me refiero, y ustedes mismos.. Pues bien, estemos desterrados de la norma. A la postre lo que entiendo que permite un blog y la “no” existencia de un posible receptor, es libertad.

Por eso creo que se escribe en este espacio. Por eso y por la salud de los amigos que cansados de oírme se dan al bebercio en cuanto me ven entrar por su puerta. Y ahora, con “la que está cayendo” como le gusta decir a nuestro “biennn amadooo presidente”, es el momento de quitarse el sostén, hacerlo bailar por encima de la cabeza y ahogar el diccionario entre sus copas.

 

A Begoña, con todo mi cariño..

Hay mujeres…

Y hay Mujeres.

Ayer una amiga se fue a kms de distancia de aquí. Antes de que este invento del demonio me echará a perder todo lo que había escrito, (cierto es que tampoco es una gran pérdida), me encontraba en plena divagación mental sobre la horrenda frase “un hombre de pelo en pecho”, que como todos recordaran, ( -¿Qué todos? – No lo sé, quizás alguien lea esto), era la manera en que antes, ( – Jejeje, “antes” dice.), se utilizaba para describir a un hombre que “se vestía por los píes”… ( -Y sobre esto, ¿qué?. -Sin comentarios.) Entre las conclusiones a las que había llegado, “andábame” yo por el razonamiento de que si un hombre que tiene pelo en el pecho, se viste por los píes, la mujer que tiene vello en los pezones, ¿por donde se viste?, y aplicando la misma sin razón, el hombre que tiene pelo en los píes, ¿se viste por el pecho?. Extraña esta sociedad que da como válido estos asertos y tiene todavía problemas en legislar otras certezas como que la mujer es un ser de pleno derecho, dueña de su propio cuerpo para hacer con él lo que le salga de los mismísimos “pelos”. Como siempre camino a lomos del diccionario invito, ( -¿A quién?, ¿ a alguno de los todos?. – ¡Joder, cállate ya), sugiero a aquellos que no tengan otra cosa que hacer que busquen en este, la palabra “derecho”. Resulta increíble la de ellos que tenemos como individuos sociales y que se pasan reiteradamente por el arco del triunfo aquellos “hombres de pelo en pecho” que tienen a bien gobernarnos, ¡Que horror de palabrota! Y tú, querida amiga que estás a tantos kms, te preguntaras como he llegado a esto, pues bien, en estas letras escritas sin sostén, (aunque Gallardon lo tenga en la agenda dentro de las próximas medidas a tomar con respecto a nuestro bienestar femenino, que es que no sabemos como cuidar de nosotras solitas..), decía que se me ha ido una Mujer, de las hechas y escritas con mayúsculas, y que por esa jodida diferencia horaria, ya las primeras horas sin nuestras charlas matutinas, se me hacen raras y largas pero sobre todo Mariana, por encima de todo, las otras conversaciones se me hacen “minúsculas”. No sé si mi amiga se viste por los píes o por las orejas; no sé si tiene vello en los pezones o se corta los de las narices; solo se que es una Mujer; que sus reflexiones sin filtro, “son bálsamo para mis oídos cansados”, que diría Sinuhe; y que en mi trastero, (y cada vez más frecuente trasero), cerebral nada se mueve a la espera de su vuelta para que coloque de nuevo sus titulares.

Estoy pensando que con seguridad mi amiga se viste por los pies, eso sí cuando su imposible laca de uñas se ha secado…

Te quiero.

Diario de un blog

Sí, como inicio deja mucho que desear, soy consciente de ello, ahora bien, si intento reflejar cómo se puede sentir una persona que acaba de aterrizar en este… (¿sitio?, ¿espacio? ¿dirección?… ¿donde estoy?), sin la menor idea del significado real de una red social, un blog y demás artilugios, al parecer tan funcionales y tangibles,(hasta ahora para mí algo tangible era un sofá, más o menos tangible dependiendo de cuánto se te clavaran los muelles en el trasero y en este punto radicaba la funcionalidad),si, como digo, solo pretendo reflejar mi asombro, desconcierto, sensación de inutilidad ante esta nueva manifestación de realidad no real, solamente puedo entonces empezar con este..”imaginativo” título. – Pregunta: ¿Por qué no escribo, en un diario al uso?

Me voy a la cama, como diría Escarlata O´Hara mañana pensaré en ello.